MPS I - Síndrome de HURLER

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El síndrome de Hurler es la forma más grave de mucopolisacaridosis tipo 1 (MPS1), una enfermedad rara por almacenamiento lisosomal, caracterizada por anomalías esqueléticas y retraso en el desarrollo motor e intelectual. La prevalencia de la MPS 1 se estima en 1/100.000, y un 57% del total de casos corresponde al síndrome de Hurler, lo que da una prevalencia de aproximadamente 1/175.000.

Los rasgos más destacados del síndrome son: anomalías esqueléticas y retraso en el desarrollo motor e intelectual. En el primer año de vida aparecen las siguientes manifestaciones: alteraciones musculoesqueléticas, incluyendo estatura baja, disostosis múltiple, cifosis torácico-lumbar, engrosamiento progresivo de los rasgos faciales con cabeza grande y abombamiento a nivel de los huesos frontales, puente nasal deprimido con punta nasal ancha y narinas antevertidas, mejillas llenas y labios engrosados, cardiomiopatía y anomalías en las válvulas, pérdida auditiva neurosensorial, agrandamiento de amígdalas y adenoides, y secreción nasal. El retraso en el desarrollo se observa normalmente entre los 12-24 meses de vida, afectando principalmente al habla, con un deterioro cognitivo y sensorial progresivo. La hidrocefalia puede ocurrir a partir de los 2 años. La condición difusa corneal que conduce a la opacidad corneal es detectable desde los 3. Otras manifestaciones incluyen organomegalia, hernias e hirsutismo.

Este síndrome está causado por mutaciones en el gen IDUA (4p16.3) que provocan un déficit completo del enzima alfa-L-iduronidasa y un acúmulo en los lisosomas de dermatán sulfato (DS) y de heparán sulfato (HS). La transmisión es autosómica recesiva. El diagnóstico temprano es difícil ya que los primeros signos clínicos son inespecíficos, pero es crucial para iniciar un tratamiento a tiempo. El diagnóstico biológico se basa en la detección de un incremento de DS y HS en la excreción urinaria mediante el azul de 1,9-dimetilmetileno (DMB) y la electroforesis de glicosaminoglicanos (GAG), y en la demostración del déficit enzimático en leucocitos o fibroblastos. Es posible realizar una prueba genética.

El diagnóstico diferencial incluye la forma más leve de la MPS1, el síndrome de Hurler-Scheie (ver término), aunque esta forma se asocia a un retraso del desarrollo con un deterioro cognitivo leve. También debe incluir la mucopolisacaridosis tipo VI y la de tipo II, aunque la de tipo VI no está asociada a una discapacidad intelectual. Se puede realizar un diagnóstico prenatal midiendo la actividad enzimática en un cultivo de amniocitos o vellosidades coriónicas, o a través de un test genético si se conoce la mutación responsable. El consejo genético está recomendado. El manejo debe llevarlo a cabo un equipo multidisciplinar y debe incluir la fisioterapia para mantener el rango de movimientos.

El trasplante de médula ósea o de sangre del cordón umbilical se ha realizado con éxito, y puede preservar la neurocognición, mejorar algunos aspectos de la enfermedad somática y aumentar la supervivencia. Sin embargo, está ligado a muchos riesgos y la mayoría de los efectos positivos se producen únicamente durante los primeros años tras el injerto. El trasplante con células madre hematopoyéticas (TCMH) es el tratamiento preferido antes de los 2,5 años de edad. Este enfoque terapéutico tiene más éxito si se inicia temprano.

La terapia enzimática sustitutiva (TES) con laronidasa obtuvo en 2003 la autorización de comercialización como medicamento huérfano. A través de perfusiones semanales, se obtiene una mejora de la función pulmonar y de la movilidad articular. La TES debe iniciarse en el momento del diagnóstico y puede ser beneficiosa para pacientes que esperan el TCMH. Un tratamiento temprano ralentiza la progresión de la enfermedad, pero no es eficaz ante las lesiones neurológicas. La esperanza de vida es reducida en el síndrome de Hurler: la muerte ocurre antes de la adolescencia debido a complicaciones cardiovasculares y respiratorias.

Fuente: Orphanet

Última publicación: Marzo 2014

  

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